Levadura y legado: La historia femenina de la cerveza
Nota editorial: Esta es una serie de artículos en la que la autora invitada explora el papel de la mujer en la historia de la cerveza.
Parte I- Mujeres en el pasado ancestral
La cerveza es femenina, no por azar gramatical, sino por profundas razones etimológicas, históricas y culturales. Desde hace miles de años, las mujeres han estado detrás de esta bebida, como lo confirman restos arqueológicos y registros religiosos de múltiples civilizaciones. La historia, aunque poco contada, revela una verdad contundente: las mujeres no solo han sido parte de la cerveza, la crearon, la cuidaron y la perfeccionaron. Que la cerveza sea femenina dice mucho de su origen y de que, como siempre, las mujeres han aportado lo bueno.
Muchos estudios históricos coinciden en que hace más de 7,000 años, en Mesopotamia y Sumeria, la elaboración de cerveza era una labor exclusivamente femenina. Las mujeres producían cerveza tanto para rituales religiosos como para el consumo diario, ya que era esencial en la dieta, junto con la elaboración del pan. De hecho, ambos se elaboraban mediante procesos de fermentación de grano similar. En este contexto, surge la figura de Ninkasi, diosa sumeria de la cerveza y la fermentación, conocida poéticamente como “la dama que llena la boca”. A ella se le atribuye haber enseñado a la humanidad el arte cervecero y su himno, “El Himno a Ninkasi”, considerado una de las recetas de cerveza más antiguas registradas. Las mujeres cerveceras eran respetadas como sacerdotisas y guardianas del conocimiento fermentativo.
Y sí, antes de que existieran las cervecerías con tanques de acero inoxidable, había mujeres que utilizaban métodos rudimentarios de la época, midiendo granos a ojo, fermentando con levaduras salvajes y confiando en su intuición. La cerveza no nació en un laboratorio, sino en cocinas, patios y templos dirigidos por mujeres.
El rol femenino no se limitó a la elaboración. En Babilonia, las mujeres establecieron los primeros sistemas de suministro de cerveza para tabernas y panaderías, convirtiendo esta elaboración en un método de sustento económico clave. En el antiguo Egipto, la cerveza era tan importante que se utilizaba como forma de pago parcial a los trabajadores, incluidos quienes construían monumentos. Fueron las mujeres quienes lideraron su producción en los inicios, asegurando la calidad, la consistencia y la disponibilidad.
Durante la era vikinga (siglos VIII al X), las mujeres nórdicas eran las únicas autorizadas a elaborar cerveza. Esta labor les confería un estatus especial, cercano al de las sacerdotisas. Utilizaban ingredientes botánicos locales, algunos con propiedades psicoactivas, y la cerveza formaba parte de rituales espirituales, celebraciones y prácticas adivinatorias. En este contexto, la cerveza no era solo una bebida: era visión, comunión y poder.
Ya en la Edad Media, en el siglo XII, surge una figura clave: Hildegarda de Bingen, abadesa, mística y erudita. Fue la primera persona en documentar científicamente las propiedades del lúpulo, señalando que no solo ayudaba a conservar la cerveza, sino que también aportaba equilibrio, sabor y beneficios medicinales. Gracias a sus escritos, el uso del lúpulo se estandariza y se consolida la base de la receta moderna de la cerveza que conocemos hoy. Cada IPA que bebemos, en cierta medida, le debe algo a Hildegarda.
Entre los siglos XV y XVI, en Inglaterra, las mujeres conocidas como “alewives” o “brewsters” producían cerveza en sus hogares y vendían el excedente. Esto les permitía generar ingresos propios en una época en la que pocas actividades económicas estaban disponibles para ellas. Calderos grandes, escobas para limpiar, sombreros altos para ser vistas en los mercados… todos estos elementos, curiosamente, se convirtieron más tarde en símbolos asociados a la brujería. La criminalización de estas mujeres marcó el inicio de la pérdida de control femenino sobre la cerveza.
Con la Revolución Industrial, la producción cervecera se mecaniza, se masifica y pasa a manos masculinas. La cerveza se convierte en una industria y las mujeres son desplazadas de los espacios de poder que históricamente habían ocupado.
Durante la Ley Seca en Estados Unidos (1920–1933), la elaboración de cerveza regresó al ámbito doméstico, donde muchas mujeres la produjeron nuevamente clandestinamente. Sin embargo, no fue hasta la legalización de la elaboración casera en los años 70 cuando comenzó un renacer. Aun así, en las décadas de 1950 y 1960, la mujer fue relegada a un rol meramente publicitario, lo que reforzó la narrativa de la cerveza como bebida masculina. El verdadero cambio llegó en el siglo XXI con la revolución “craft” y en 2007 con la fundación de la Pink Boots Society, dedicada a promover la participación femenina en la industria cervecera global.
La aportación de la mujer a la elaboración de la cerveza también se atribuye a otras culturas del mundo, donde las mujeres desempeñaron un papel central en la elaboración de cerveza y de bebidas fermentadas.
En las sociedades precolombinas de América, las mujeres eran responsables de elaborar bebidas fermentadas a base de maíz y miel, como la chicha, que se utilizaba tanto en rituales religiosos como en la vida cotidiana. Su preparación estaba estrechamente ligada a ceremonias comunitarias y festividades, que eran las guardianas del conocimiento sobre los procesos de fermentación y las técnicas de elaboración.
De manera similar, en diversas regiones de África, la producción de cervezas tradicionales a partir de sorgo o mijo estaba a cargo de mujeres, quienes aseguraban la calidad, el sabor y la uniformidad de estas bebidas. Estas cervezas no solo tenían un valor alimenticio, sino que también desempeñaban un papel ritual y social, consumiéndose en celebraciones comunitarias, ritos de paso y reuniones familiares.
En Asia, la fabricación de bebidas fermentadas, como la cerveza de arroz en China y Japón, se realizaba principalmente en el ámbito doméstico, bajo la supervisión de las mujeres. Su función trascendía la mera elaboración: eran custodias de recetas familiares y de conocimientos transmitidos de generación en generación, garantizando la continuidad de las tradiciones cerveceras locales.
Estos ejemplos a nivel global demuestran que la relación entre las mujeres y la cerveza no es exclusiva de Occidente, sino una constante histórica y cultural en diversas civilizaciones. En consecuencia, la cerveza, desde sus orígenes, ha sido femenina tanto por su naturaleza como por su significado social y cultural.
En tiempos más recientes, voces como la de Tarah Nurin han sido fundamentales para rescatar y visibilizar esta historia que durante siglos fue minimizada o ignorada. En su libro “A Woman’s Place Is in the Brewhouse”, Nurin documenta con rigor y sensibilidad el papel protagónico de las mujeres en la evolución de la cerveza, conectando el pasado ancestral con el presente.
La escritora Tara Nurin y Gustavo Franceschini de Craft Beer Generation
Junto a ella, otras escritoras, historiadoras y periodistas han asumido la tarea de reconstruir este legado, aportando investigaciones que desmontan el mito de la cerveza como un territorio exclusivamente masculino. Gracias a estas narrativas, hoy no solo se reconoce la contribución femenina, sino que se reescribe la historia con una mirada más justa, completa y honesta.
Así, cada vez que decimos “la cerveza”, no solo pronunciamos un género gramatical, sino que evocamos una herencia milenaria tejida por manos femeninas, una historia de conocimiento, intuición y resistencia. Nombrarla en femenino es, de alguna forma, un acto de memoria. Es reconocer que, aunque la historia haya intentado invisibilizarlas, las mujeres siempre han estado ahí, fermentando no solo granos, sino también cultura, comunidad y legado. Porque en cada sorbo hay más que sabor, hay historia, y esa historia también es de ellas.
Pendientes del segundo artículo de esta serie, centrado en la historia de la mujer en Puerto Rico.